THE ELEPHANT MAN

04/01/2012 a las 16:32 | Escrito en Arte & Cultura | Deja un comentario

No es el Lynch de “Lost Highway ” ni muchos de “Inland Empire”. Sin embargo no deja de ser el gran David Lynch.
Cuando muchos sostienen ribetes fantásticos e innecesarios utilizados en el cine surrealista para contar una historia, es entonces cuando no solo no comprenden esa historia, sino mucho menos llegan a comprender la utilidad del surrealismo cinematográfico, en este caso.
En la obra de Lynch podemos bucear a fondo tantos conceptos ontológicos como recursos discursivos y estéticos en los que se apoya para plasmar sus cosmovisiones del mundo en una cinta de video. Esas variables, la estética y la cosmovisión, son elementales para constituirse en un verdadero productor y director cinematográfico. Y la historia del cine de los últimos 30 años lo posicionan a él como un referente indiscutido, amén de los obvios prejuicios de un director triunfante en la cuna del comercio industrial cinematográfico.

The Elephant Man es una historia cruda, aterradora, dramática pero es una historia. Es la historia de la vanidad humana, es la historia de la miseria del ser, es la historia de lo pequeños que somos. Es la forma en la que Lynch nos habla del prejuicio, nos habla del odio, nos habla del oportunismo y de la soberbia; es la forma en la que nos muestra nuestros propios límites, nuestra tolerancia, nuestro narcisismo, nuestra aguda forma discriminatoria.

Pero quizá un elementos distintivo en esta obra, como en gran parte de la producción lyncheana, es la gran pérdida de libertad del hombre. Nacemos condicionados por el hábitat, crecemos condicionados por lo primario y lo cercano, nos desarrollamos condicionados por lo secundario y lo social. Así moriremos privados de nuestra libertad, cercados por todos aquellos jerárquicos del discurso de lo diverso, de la estética prometedora de lo individual y emancipatorio, de las campanas de lo libre y de lo autónomo; conscientes nosotros de los límites que nos aquejan, de los conceptos que nos asfixian, de las palabras que embarazan e incineran, de las cámaras que todo lo registran.

Consejo final: cuando miremos la obra de Lynch, disfrutemos de una forma de ver el mundo, de una estética de contar la realidad, de un lenguaje que invita a volar, a reflexionar, a ser. Para iluminar las carreteras perdidas, que conducen inevitablemente al camino de los sueños de terciopelo azul, para dejar de ser ya elefantes y convertirnos definitivamente en hombres.

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